Aragón ha dictado sentencia en las urnas este domingo, y el resultado dibuja un escenario político complejo y alejado de las expectativas de sus convocantes. Lo que comenzó como una maniobra estratégica del presidente Jorge Azcón para ensanchar su mayoría y liberarse de las ataduras de sus socios, ha terminado confirmando lo que los analistas denominan el “síndrome extremeño”. El Partido Popular ha ganado las elecciones, sí, pero sale debilitado: ha perdido dos diputados respecto a 2023, pasando de 28 a 26 escaños.
Lejos de lograr la autonomía deseada, el PP queda ahora más expuesto a la influencia de Vox, el indiscutible vencedor de la noche. La formación de Santiago Abascal, liderada en la región por Alejandro Nolasco, ha protagonizado un ascenso meteórico, pasando de 7 a 14 diputados y aumentando su apoyo en más de 6,6 puntos.
Una apuesta fallida para Azcón
La noche electoral deja un sabor amargo en la sede popular. El adelanto electoral, el primero en la historia de la comunidad, buscaba emular el modelo de mayoría absoluta andaluza, pero la realidad ha sido un error de cálculo estratégico. Aunque la suma de las derechas (40 escaños) supera holgadamente la mayoría absoluta fijada en 34, la relación de fuerzas ha mutado drásticamente.
La gestión institucional no ha desgastado al socio minoritario, como esperaba el PP, sino que lo ha impulsado. Alejandro Nolasco no solo ha resistido, sino que ha capitalizado el descontento conservador, y la factura política para mantener el gobierno será ahora mucho más alta que en la legislatura anterior. Por otro lado, la irrupción de la agrupación ‘Se Acabó La Fiesta’ (SALF) de Alvise Pérez ha fragmentado el voto de la derecha, perjudicando al PP en el reparto de restos, pero sin lograr entrar en las Cortes.
Descalabro del PSOE y auge del aragonesismo de izquierdas
En el bloque de la izquierda, las noticias son devastadoras para el PSOE. La candidatura encabezada por la ministra y portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, ha sufrido un duro revés, perdiendo cinco escaños (de 23 a 18) y dejándose más de cinco puntos por el camino. Este resultado se interpreta como un síntoma de desgaste severo de la marca socialista, incapaz de movilizar a su electorado tradicional.
Sin embargo, el votante progresista no se ha quedado en casa. Se ha producido un trasvase claro hacia la Chunta Aragonesista (CHA), que emerge como la otra gran triunfadora de la jornada. La formación aragonesista ha logrado leer el momento político mejor que Ferraz, doblando su representación de 3 a 6 diputados y alcanzando casi el 10% de los votos.
El parlamento autonómico se completa con el mantenimiento de Aragón Existe (2 diputados) y IU-Movimiento Sumar, que conserva su único escaño.
Adiós a históricos y lecturas nacionales
La jornada electoral también deja cadáveres políticos. El Partido Aragonés (PAR), históricamente llave de la gobernabilidad en la región, confirma su desaparición institucional al no obtener representación, víctima de la polarización. Del mismo modo, Podemos certifica su irrelevancia quedando definitivamente fuera del hemiciclo.
En clave nacional, los resultados envían alertas tanto a la calle Génova como a Ferraz. Para Alberto Núñez Feijóo, Aragón demuestra que la estrategia de apelar al voto útil y a la moderación tiene un techo, y que Vox se ha estructuralizado como una fuerza necesaria e inevitable para cualquier gobierno de centroderecha. La idea de gobernar en solitario se desvanece, dando paso a una política de bloques obligada a entenderse.
