El fantasma de la tragedia ha vuelto a rozar las vías españolas, esta vez en Galicia. Un tren Alvia de Renfe se ha visto envuelto en un aparatoso accidente que, por fortuna, se ha saldado sin víctimas personales, pero que ha despertado inevitables comparaciones con el accidente mortal de Rodalies ocurrido hace unos años en Cataluña. El suceso ha tenido lugar cuando el convoy ha impactado contra un talud que se había desprendido sobre la caja de la vía, provocando momentos de tensión entre los pasajeros y la tripulación.
Según los primeros informes, el tren no pudo frenar a tiempo ante la presencia de tierra y rocas en el trazado, colisionando contra los escombros. La fuerza del impacto fue tal que el convoy no solo golpeó el desprendimiento, sino que llegó a arrastrar parte del muro de hormigón que corre paralelo a la vía, diseñado precisamente para contener el terreno. A diferencia del fatídico precedente en la red de Rodalies —donde un desprendimiento similar en Vacarisses (Barcelona) costó la vida a una persona y dejó decenas de heridos en 2018—, en esta ocasión la estructura del tren y las circunstancias del choque han evitado una desgracia mayor.
Falta de formación y ecos de Adamuz
Este incidente llega en un momento de máxima sensibilidad para el sector ferroviario, aún conmocionado por el reciente y grave accidente de Adamuz. La seguridad en la operación y, sobre todo, la capacidad de respuesta ante emergencias están bajo la lupa. Fuentes del sector apuntan a que el suceso gallego ha vuelto a poner sobre la mesa las carencias en los protocolos de las subcontratas de Renfe.
Tras el siniestro de Adamuz, diversas voces denunciaron la falta de formación específica del personal externalizado para gestionar la evacuación de trenes en situaciones críticas. El incidente del Alvia en Galicia, aunque incruento, sirve como un recordatorio severo: la infraestructura es vulnerable a las inclemencias meteorológicas y al paso del tiempo, y la respuesta humana debe ser impecable.
La repetición de un patrón de accidente —desprendimiento de tierras sobre la vía— cuestiona si se están tomando las medidas preventivas adecuadas en los puntos negros de la red, especialmente en zonas de orografía complicada como la gallega o la catalana. Mientras los técnicos evalúan los daños materiales y restablecen la normalidad en la línea, la pregunta queda en el aire: ¿se ha aprendido lo suficiente de los errores del pasado?
